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13 de abril de 2011

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En una habitación llena de calor, el sol se asoma por la ventana sin avisar iluminando a una chica sentada en el ordenador. Las lágrimas en sus ojos brillan, y solo se oyen algunos coches por la calle y los dedos tecleando sin parar. Si se para a pensar solo recuerda viejos sueños que nunca se hicieron realidad, está cansada. Cansada de todo, de que las cosas salgan mal, de no ser capaz de luchar y del tiempo que ha pasado sentada en aquella silla sin hacer nada para conseguir lo que quiere. Sabe que tiene que ponerse las pilas, sabe que no solucionará nada allí, escribiendo gilipolleces que no le importan a nadie, gilipolleces que nadie leerá. Suspira, un suspiro profundo, de los que hacen daño. Un suspiro de los que se quedan grabados y los que algún día recordarás... El mismo pensamiento rebota en su mente una y otra vez, él, él, él. Como una imagen pegada a la frente que no sé va de allí, como una calcamonía. Él. Su sonrisa inocente, sus tonterías. Las lágrimas caen. Es increíble, está todo el puto día en su cabeza y él ni si quiera lo sabe. Ella es la idiota que se pilla por el tío inalcanzable. Se cansa de escribir, se levanta de la silla y se dirige a la ventana, la abre y deja que el calor le golpeé en la cara. Se seca las lágrimas negras por el maquillaje de los ojos y sonríe. Se vuelve a sentar en el ordenador dejando la ventana abierta, le gusta sol. Lee todo lo que ha escrito y lo borra. Suprimir. Pero no solo a borrado un documento, no solo a borrado todas esas palabras escritas para él, ha borrado también tardes enteras tecleando, sentimientos tristes, ha borrado también lágrimas y recuerdos horribles. Ha borrado todas las horas que se ha pasado escribiendo lo que sentía. Ha borrado lo malo para quedarse con lo bueno. Solo con lo bueno.